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viernes, abril 24, 2009

The way of the yoya (5 de 5)

Un poco como el jefe supremo del ejército de la cinta roja, acabé interponiendo mis intereses personales por delante de la dominación mundial.
Me ofrecieron hacer una sustitución en el tercer trimestre en un instituto de Horta, lo que supuso un saneamiento considerable de mi economía, pero también supuso que mi tiempo libre se redujera exclusivamente a lo necesario como para comer, cagar y dormir. Es lo que pasa cuando no puedes tener a los niños entretenidos a base de flexiones y te tienes que preparar las clases. Algún día igual explico las aventuras de profe, que de momento resumiremos en que tenía un alumno esquizofrénico bajo medicación, unos cuantos más sin medicación y un jefe de estudios que no acababa de tener claro que se tiene que cagar
dentro de la taza del váter (no, no es ninguna metáfora).
Los tres meses de docencia intensiva impidieron que aquél verano me examinase para cinturón negro, pero lo que no sabía es que aquella sólo sería la primera prórroga. Unos compañeros de la universidad decidieron ir a vivir unos meses a Londres antes de iniciar las respectivas carreras profesionales y yo me apunté.
Dejar de practicar karate me tocaba la pera, pero total Londres tenía que ser cuestión de dos o tres meses y no había para tanto. Y también me sabía mal dejar de ver a los compañeros, sobretodo porque había uno al que no volvería a ver más.
Peluco era sin duda uno de los mejores de nuestro dojo, una de aquellas personas que tiran adelante y si hay algo en el camino que les molesta simplemente lo apartan y siguen recto. Pero por desgracia no pudo apartar el coche que se saltó el stop y se cruzó delante de su moto. Se mató dos semanas antes de que yo me fuera a Londres y en cierta manera por eso fue más fácil de digerir, porque yo ya había dejado de ir al dojo. Supongo que para la gente que aquél día había entrenado con él y que al día siguiente vieron que no venía debió ser más duro.

Ironías de la vida, el entierro se celebró al día siguiente de mi cumpleaños. Cuando me lo dijeron, por un momento pensé en cambiar la cena de cumpleaños de fecha, pero entonces sentí cómo Peluco me decía en la oreja “Pero mira que eres maricona” y cambié de opinión. Él no era de los que se van a dormir pronto y no tenía en demasiada consideración al quién lo hacía, así que decidí celebrar la cena, me fui de fiesta, pasé por casa a ducharme y fui hacia la playa. Aún hacía calor y se estaba a gusto en karategi, hicimos un poco de clase, lloramos y dejamos a Peluco en el fondo del mar. Cada setiembre repetimos el entreno, pero ya no lloramos.
Una vez en Londres empezó el declive físico. Yo me esforcé en mantener una rutina de entreno, siempre que
la meteorología lo permitía, pero el footing y algunas flexiones y abdominales no conseguían sustituir al Yoya’s Gym. Después encima vino la operación de cu… de cóccix, que supuso ocho meses sin poder hacer deporte y consecuentemente un holocausto apocalíptico por lo que respecta a mi forma física. Por suerte me recuperé justo a tiempo para poderme hostiar con Christopher con garantías, pero el episodio de karate a muerte en un callejón de Ipswitch puso de manifiesto que hacía falta ponerle remedio a la protobarriguita. Aquella misma noche, mientras discutíamos remedios caseros para quitar manchas de sangre de la ropa, acordamos con Bakerin que empezaríamos a entrenarnos juntos. Meses después de conocernos habíamos descubierto, por sorpresa mútua, que los dos éramos karatetas. Había llegado la hora de volver al recto camino del guerrero.
Fuimos al corazón de China Town, buscamos la tienda de artes marciales con
el nombre más guai que encontramos y nos procuramos un Strike Shield (“Pao” para los amigos). El primer día entrenamos en casa de Bakerin, pero sus vecinas octogenarias nos dijeron que las personas civilizadas no hacían tanto ruido a la hora del te, así que tuvimos que abortar. El segundo día nos entrenamos en Regent’s Park sin problemas vecinales. El tercer día… Bakerin decidió que ya estaba suficientemente fuerte y que no le hacía falta entrenarse más, lo que era un problema grave si tenemos en cuenta que para entrenarte con un Pao hace falta que alguien te lo aguante. My gos in a pos.
Por suerte la indemnización de Christopher llegó justo a tiempo para adquirir un
saco de boxeo y poder seguir entrenando, y esto hizo que Bakerin se volviera a animar y se apuntase a la fiesta de los sábados. Básicamente nos limitábamos a correr un poco y hacer unas series de saco, pero de tanto en tanto nos mirábamos para repasar técnica básica.
Finalmente la etapa londinense se acabó. Me dio pena clausurar el mini-dojo y vender a Christopher, pero de todas maneras siempre había sido una solución temporal. Era hora de volver a las viejas rutinas, viajar al culo del mundo y volver al Yoya’s Gym.

El Yoya’s
había cambiado, pero por suerte la gente seguía siendo la misma. Lástima que para mí sí que había pasado el tiempo y tuve que sudar la gota gorda para coger el ritmo. Y entonces, un mes después de volver, fue cuando el sensei nos dijo a mí y a Líder que al cabo de una semana nos examinábamos de cinturón negro.
Mi teoría es que Peluco nos echó una mano, pero la cuestión es que conseguimos el cinturón, que es muy útil porque combina con todo y con el karategi blanco queda monísimo tú.

Cuando llegué a casa cené una carretilla de ensalada para celebrarlo.

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The way of the yoya (1 de 5)

The way of the yoya (2 de 5)

The way of the yoya (3 de 5)

The way of the yoya (4 de 5)


miércoles, octubre 29, 2008

Lesiones

- Fua tio, me he jodio el deo.

- Fua, que putada tio.

- Ya tio, joder, asín no puedo jugar a la Play.

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domingo, octubre 05, 2008

The way of the yoya (4 de 5)

El culo del mundo está definitivamente en el culo del mundo, y si quieres llegar tienes que bajar en la parada de Gorg y después andar un poco. Tranquilo, no pasa nada si no sabes donde cae esa parada, no hace falta saberlo a no ser que tu maestro abra un dojo allí y te toque pringar.

Al principio, los escasos valientes del Esportator con ánimo de aventurarnos en el territorio salvaje e inexplorado al que los nativos se refieren como Badalona, nos cooperábamos e íbamos juntos en coche para ahorrar costes y aprovechar la seguridad de viajar en rebaño. Bueno, ahorrar costes nosotros, que la gasolina la pagaba toda Enric, pero es que el era el único mayor y solvente. Los días que no nos cooperábamos tocaba coger el metro y, más o menos a partir de La Pau, hacer un viaje sideral acompañado de gente que aplaudía y cantaba (es que aún no había I-pods… ni vergüenza).

En el Yoya's Gym se aprendía deprisa, éramos una comunidad trabajadora y además teníamos grandes senpais para inspirarnos y tutelarnos, como Peluco, que al final de cada clase resumía la conduncta del buen Budoka en sus palabras llenas de sabiduría: “Y ahora pa casa, carretilla de ensalada, pajote y a la cama”.

Y también aprendíamos deprisa porque teníamos a Dimitri, un antiguo soldado del ejército ruso que cada dos o tres semanas venía triste a clase porque un par de colegas suyos habían palmado en una emboscada en Chechenia. No nos daba mucha pena, porque sabíamos que entonces Dimitri recordaba sus fantasmas y se pensaba que volvía a estar en la guerra y a la hora de hacer combate se olvidaba las normas básicas de conducta, tipo “No pegarás en las rodillas para intentar causar parálisis permanente” o “Si tu compañero se cae al suelo no te lanzarás en plancha para intentar rematarlo”. En días como estos nos alegrábamos mucho de que Karate signifique “Mano vacía” y por lo tanto a Dimitri no le fuera permitido coger ningún arma.

Por eso arpendíamos rápido, no era cuestión de dejar que un psicótico te arrancara la cabeza por estar distraido.

Entre pitos y flautas (y algunas ostias) me planté en cinturón marrón, y entonces Deep Blue me dijo que necesitaba ayuda. Deep Blue hacía tiempo que había empezado una especie de franquicia en el Yoya’s Gym haciendo clases de Karate extra-escolar a niños de un par de coles de Barna, y en el CEIP Diputación le hacía falta alguien que hiciera clases a niños de 6 y 7 años mientras él se ocupaba de otro grupo. Bueno, pensé, nos pagaremos las clases de Karate dando clases de Karate.

En un dojo la vida se rige bajo una disciplina escrupulosa y un gran respeto hacia el maestro y hacia los compañeros, lástima que nadie se lo había explicado a aquel grupo de bárbaros tronados en miniatura a los que me dijeron que tenía que enseñar. Resulta que las clases habían empezado hacía un mes y medio y hasta entonces habían tenido un maestro con una experiencia en artes marciales resumible en que una vez había hecho un perfect jugando al Street Fighter II. De manera que los chavales se pensaban que hacer Karate quería decir correr y gritar vestidos con un pijama blanco cual bellos internos de manicomio con sobredosis de Red Bull.

Primero intenté razonar con ellos verbalmente, pero después de dos intentos Deep Blue asomó la cabeza por la puerta y me dijo que quizás era mejor no utilizar expresiones del tipo “niño, mecaguenlaputavirgensantísima” con niños pequeños. De manera que decidí pasar a tácticas más simples: a chupar flexiones.

Básicamente la técnica consistía en que cualquier conducta reprobable implicaba chupar flexiones, o sea que calculo que la primera semana debíamos superar unas cinco veces cualquier récord anterior en la materia. En principio todos pasaban de todo con lo que todos chupaban flexiones; más adelante sólo la mitad la liaban pero, aplicando técnicas de psicología básica que había visto en una peli de telecinco, todos chupaban flexiones igualmente (el truco está en que se vuelvan los unos contra los otros); y finalmente sólo chupaban flexiones los cuatro que hacían barullo mientras sus compañeros se lo miraban (rollo vergüenza por el deshonor). Y todo esto reforzado con discursitos sobre la responsabilidad, el honor y la obediencia total y fanática a tu maestro, que aprovechaba para recitar cuando les tenía tumbados en el suelo mientras yo me paseaba con las manos en en cinturón y mirando al infinito (formación teatral aplicada). Al cabo de dos semanas tenía una clase de niños aplicados y brazos sobredimensionados.

Había otros problemas, como la afición que tenían las criaturas a sangrar por la nariz. Recuerdo escuchar explicar a mi madre (maestra de escuela durante mucho tiempo) cómo se puso de histérica la primera vez que un alumno empezó a chorrear por la nariz y la naturalidad con que sus compañeras de trabajo trataron el asunto. Y es que al final te acabas acostumbrando, por no decir que lo aburres.

La primera vez que me pasó a mí fue porque Marc quiso saltar de cabeza al Pao y Carlitos pensó que sería más divertido empujarlo él mismo. De manera que Marc saltó de cabeza… al suelo. Para acabarlo de arreglar los Karategis son de un blanco impecable que no ayuda precisamente a disimular las manchas, de manera que mi histeria iba empeorando a medida que Marc se iba convirtiendo en un jugador del Liverpool, aunque a él ya le estaba bien porque decía que así se parecía a Ken de Street Fighter. Le cogí por el karategui y le hice volar a recepción pidiendo a ver si tenían inyecciones o cosas para salvar al niño. El conserje alzó un ojo del Marca y me dijo “lávale la cara y métele un cleenex en la nariz”, yo le pregunté si no hacía falta hacer algo más, rollo transfusiones y tal, y él me contestó que podía probar con dos cleenex pero que entonces el niño no podría respirar. (Que caaaaabrón).

Resulta que pude comprobar que en realidad los niños chorrean sangre por la nariz por razones varias, pero normalmente como consecuencia de simplemente respirar, y que total al final no les importa mucho siempre que digas “eres muy valiente por no llorar” y les enchufes el cleenex de reglamento.

Después de cuatro meses los niños me adoraban, me idolatraban, creían que después de su padre yo era el hombre más fuerte del mundo, me regalaban dibujos de Son Goku hechos con plastidecor para colgar en la puerta de la nevera… Tenía un ejército de pequeños asesinos que obedecían mis órdenes fanáticamente (siempre que les prometiera que al final de la clase jugaríamos al escondite) y ya empezaba a planear cómo utilizar un par de divisiones para acabar con la democracia capitalista decadente y dominar el mundo, pero me salió otro trabajo mejor pagado y tuve que dejar el CEIP Diputación, mis niños y mis planes para un nuevo orden mundial.

Lástima, tenía pensado llamarlo Flanagancracia.

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The way of the yoya (1 de 5)
The way of the yoya (2 de 5)

The way of the yoya (3 de 5)

The way of the yoya (5 de 5)

lunes, junio 16, 2008

You're not gonna get injured as in... necessarily dead

Ei, ¡porqué escribir un post cuando podemos ver el documental!
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1ª parte: Localizaciones de la peli y un cura que lee el blog.

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2ª parte: A real Daniel San

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3ª parte: Creese wisdom + historia al más puro estilo miracle man que pone los pelos de punta

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4ª parte: The Macchio Family.

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5ª parte: Después de entrenar 6 meses Sean se va a repartir ostias.

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(El trailer aquí).
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jueves, junio 12, 2008

No estamos solos...

No tengo palabras... ai... si Pat lo pudiera ver...

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Cuando me recupere escribiré un post i tal.
(Documental entero aquí
).

sábado, abril 19, 2008

The way of the yoya (3 de 5)

Mi camino marcial empezó en el gimnasio Sportator, un gimnasio a cinco minutos de casa en bici (oh gloria bendita) y que tenía la entrada decorada con tres bates de beisbol que mi futuro sensei había partido de un solo golpe de pierna una tarde de domingo en la que no daban nada bueno en la tele y se aburría.
Todo el mundo tiene sus estereotipos y definitivamente yo los tenía muchos definidos por lo que respecta a las artes marciales. Me esperaba un Chuk Norris de maestro y un pequeño ejército de Van Dammes como alumnos, pero la realidad a menudo nos hace tocar de pies en el suelo, como cuando descubres que las tías también se tiran pedos.
Si Chuck se hizo famoso con su melenita y su barba, mi sensei se lo afeitaba todo excepto las cejas. El tema de las round kicks también lo tenía un poco apartado, porque otro domingo había intentado de nuevo el truco de los bates de beisbol, pero esta vez con cuatro, y ganaron los bates. El sensei se destrozó la pierna y desde entonces se dedicó básicamente a la enseñanza, de manera que el mundo del Karate perdió a un competidor y el Decathlon a un buen cliente de la sección de beisbol, pero nosotros ganamos un maestro dedicado y eficiente. Más coyunturalmente, otro beneficiado del incidente fue el videoaficionado que grabó la gesta, la envió a
Impacto TV y se embolsó una pasta.
La primera decepción respecto a los alumnos fue que no había un triste chino, ni que fuera para dar un poco de color (amarillo), en toda la clase. La segunda, yo me pensaba que hacer artes marciales automáticamente te convertía en un tio musculado y atractivo, pero se ve que hay bastante gente que es capaz de dominar las artes marciales a la perfección sin que su estética salga beneficiada. En general los estereotipos de la clase variaban tanto como la gente que te puedas encontrar al entrar en un vagón de metro cualquiera.
Por ejemplo, Apolo era un chaval a quien sus padres, al ver la poderosa complexión física del chico, habían bautizado con el nombre de una discoteca del Paral·el. El colega consistía en 90 kilos de canon de Policleto
sobredimensionado y una cantidad parecida de disciplina. Se levantaba cada día a las cinco de la mañana para poder estudiar antes de ir a la universidad y así tener la tarde libre para ir a correr y hacer pesas y Karate. Una vez consiguió arrancar el saco del techo con un golpe de pierna voladora y supongo que a fecha de hoy debe trabajar para las fuerzas especiales de alguna agencia secreta.
Al lado de Apolo, y como si se tratase de la otra mitad de un experimento genético donde las cualidades hubieran estado repartidas, estaba Manolo. Básicamente la viva imagen de Manolo García despeinado pero con unos kilitos de más, fumador y gran recitador de chistes, a poder ser verdes. Era la prueba de que los
salchichas peleonas existen y ganaba todos los campeonatos a los que se presentaba.
Todos tenían sus excentricidades y peculiaridades, pero Víctor y sus discípulos hacían que el resto pareciéramos normales. Lo que le pasaba a Víctor era que aún no había descubierto que lo que sale en las películas es mentira, eso y el hecho de encontrarse en el apogeo de la adolescencia hacían que no acabara de entender que… bueno, que el resto de gente es normal. Al resto de los compañeros del dojo no nos molestaba que el chaval viviera con tanto furor su calidad de ninja, de hecho nos hacía bastante gracia y a menudo nos daba buenos temas de conversación y un material impagable para los chistes de Manolo. El problema era que al salir del gimnasio el colega continuaba igual, y cuando te encontraba por el barrio el cabronazo te saludaba a la japonesa y si tenías mala suerte e iba con su madre te presentaba como “este gran artista marcial con el que tengo el honor de entrenar” y tú pensabas “señora, no sé usted, pero yo estoy pasando vergüenza” mientras el cabrón iba haciendo reverencias. Por suerte el chaval era de la Iglesia Adventista del Séptimo Día (creo) y por lo tanto a partir de la puesta de sol del viernes hasta la puesta del día siguiente tenía prohibido hacer trabajo físico y no venía a clase. Por eso Dios parió la idea del sabath, para que Víctor nos dejase hacer clase en paz un día a la semana.
En el Esportator me pasé un año aprendiendo las bases del karate, hasta que se produjo el gran cisma
: el sensei decidió abrir su propio dojo.
Lo ideal hubiera sido que uno de sus discípulos hubiera tomado las riendas del l'Esportator y tener así una continuidad en las clases. Pero por alguna razón el sensei decidió que era mejor que nos fuéramos todos del gimnasio y nos apuntásemos a su nuevo dojo… la cual cosa a mi ya me iba bien, si no fuera porque su dojo estaba en Badalona. A tres cuartos de hora de mi casa.
La cuestión era que después del mal rollo entre el sensei y la gerencia del Esportator, que por alguna razón estableció una relación entre la dimisión del sensei y la baja de decenas de quotas de socios, todos los alumnos avanzados se iban con el sensei o simplemente dejaban el karate. Mis posibilidades se reducían a quedarme y hacer clase con cuatro principiantes (Víctor incluido) con ves a saber qué maestro de ves a saber qué estilo, o irme con el sensei y un porrón de cinturones negros... al culo del mundo.

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The way of the yoya (1 de 5)
The way of the yoya (2 de 5)

The way of the yoya (4 de 5)

The way of the yoya (5 de 5)

lunes, marzo 17, 2008

Johnny contraataca

¡Cogeros de las manos y flipemos mandarinas hermanos y hermanas! No es que se parezcan mucho, es que son ellos, ¡son TODOS ellos! Johnny, el sensei malote, la peña Cobra Kai, el kid himself y hasta sale de pasada un pavo con el disfraz de ducha. Y todo escrito y dirigido por el mismo Johnny. Sólo falta ella… snif, snif.
Ei, y juraría que el dueño de la pizzería es el señor Belding.

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martes, marzo 11, 2008

A pelo y en directo, hummm...


28 Campeonato de España de Kyokushinkai, sábado 15 de marzo a partir de las 4pm. Poliesportivo de Llefià, Avenida Dr. Bassols 109-119, Badalona (Barcelonés).
Organizado por mi club, lo que quiere decir que estoy hasta los huevos de que las clases empiecen siempre con 20 minutos de discurso sobre cómo irá todo y que si la exhibición tal y de que "Flanagan, tú te encargas de llevar los trofeos al pabellón". Pues más vale que los tengas contados, que si no… Pero bueno, pensé que podría hacer un poco de publicidad y rentabilizar los trillones de lectores diarios que pasan por el blog.
Pues eso, el sábado tortas
y galletas para todos los gustos. Y todo a pelo. Y de regalo exhibición de Karate/Kobudo (no, no habrá rompimientos de escroto, que se permite la entrada a menores). Me encantaría poder hacer algún sorteo de entradas o algo, pero el karate es de pobres y los patrocinadores hacen demostraciones de virtuosismo silvadorcuando pides un poco de por favor. Que aquí sólo cobra el médico y porque no hemos podido chorizar ninguna ambulancia a tiempo.
Kiiaaiiiiii!!

miércoles, febrero 06, 2008

The way of the yoya (2 de 5)

Siempre me habían atraído las artes marciales. De pequeño tenía un arsenal de lo que a primera vista podían parecer palos de escoba, pero en realidad era mi colección de espadas y lanzas. Después de ver una peli de acción, normalmente me pasaba el resto de la tarde dando botes, gritando y rallando la mayoría de muebles de casa con mis palos. Un día mi madre se cabreó porque estaba harta de tropezar con todo aquello y me lo tiró a la basura. Fue uno de mis traumas de la infancia y en cierta manera lo que me hizo entrar en la “juventud”.
Con esto quiero decir que no es raro que con la maratón de pelis/documentales del verano del ’99 me quedase un poco flipado. Ya me acostumbraba a pasar esto al ver alguna peli de ostias, la diferencia fue que esa vez, al día siguiente la idea aún me rondaba por la cabeza.
De todas maneras el sentido común se impuso. Yo ha sabía que me cogían neuras de estas, de hecho no hacía mucho que me había gastado todos los ahorros en un equipo de aphnea para ir a hacer pesca submarina en invierno. La idea parecía buena, te compras un traje de neopreno y entonces ya te puedes bañar en la playa todo el año aunque haga frio. El problema es que descubrí que, aunque el neopreno realmente aísla muy bien, la parte de la cara que no te queda cubierta se congela igualmente y hace una pupita que flipas. De manera que usé el equipo un par de veces y ya está y encima en la primavera hice una estirada y el traje se me quedó pequeño. Si alguien está interesado aún vendo cinturón con plomos, guantes y cuchillo waterproof a buen precio.
No quería que esto se repitiera. No quería apuntarme a un dojo, comprarme el equipo, ir a dos clases y a la tercera decir “Ostia puta, qué pupita” y no volver más y guardar el equipo encima del de submarinismo. De forma que me dije “Chaval, si dentro de dos meses aún tienes ganas, pues te apuntas y si no pues no pasa nada, que la homosexualidad hoy en día está muy aceptada”.
Al cabo de un mes y medio decidí que perdidos al río y me empecé a buscar un profesor. A mí lo que me hubiera encantado hubiera sido hacer
Kendo, pero hay muy pocos dojos, las clases van caras y el equipo vale una pasta. Las espadas siempre han sido cosa de ricos y digamos que tradicionalmente quien se podía permitir una espada es la misma gente que hoy en día se puede permitir un Leopard II o un MIG-29. Además, en el Kendo sólo está permitido atacar a la armadura, que es precisamente donde no se apuntaría en un combate de verdad (suponiendo que te encuentres gente con armadura que te intenta cortar en dos cuando vas por la calle). También pensé que ya que nos poníamos mejor aprender algo que se pudiera utilizar en caso de necesidad. Quiero decir que si te encuentras en un lío no creo que sea muy fácil encontrar una espada a mano, que a mí me haría mucha ilusión pasearme por el mundo con un sable en la cintura, pero se ve que es ilegal y no veas qué marrón si quieres viajar en avión.
Pero por suerte existen las artes marciales de los pobres, donde no te tienes que comprar ni armas ni armadura y con un pijama blanco ya haces.
Power to the pueblo.
Acabé haciendo karate
Kyokushinkai por casualidad. En el gimnasio que estaba más cerca de casa hacían Karate y Aikido, entre otras cosas. Yo dudaba de qué camino coger, el Aikido vendría a ser un estilo blando e interno (luxaciones, proyecciones…) y el Karate uno duro y externo (ostias). Como no me sabía decidir finalmente apliqué una lógica muy simple. Por el mismo precio se hacían tres clases de hora y media de Karate a la semana, y Aikido sólo dos clases de una hora.
La primera impresión que tuve del Karate fue que, efectivamente, cuando te meten una ostia hace daño, y aún más si quien te está poniendo a caldo es un crío de cinco años y cinco palmos más pequeño que tú.
La segunda impresión fue que cuando no te meten una ostia, también hace daño. Las artes marciales en general son físicamente muy completas, trabajas velocidad, reflejos, fuerza, elasticidad, resistencia… En definitiva, todo y mucho, lo que significa que, cuando empiezas a practicarlas y partes de una condición física lamentable, las agujetas que tienes al día siguiente hacen que te plantees si estás haciendo artes marciales o estás haciendo el burro. Me pasé dos meses andando como Mazinguer Z y aguantando como los colegas de la uni se reian de mi. A los dos meses rompí un ladrillo con el escroto y ya no se rieron más.



The way of the yoya (1 de 5)
The way of the yoya (3 de 5)

The way of the yoya (4 de 5)

The way of the yoya (5 de 5)

martes, enero 22, 2008

The way of the yoya (1 de 5)

A los 18 años tenia los padres separados, los dos decidieron ir a vivir a Barna (en casas distintas, se entiende) y yo empecé la universidad. Todo fue rodado para dejar mi querido pueblo natal e ir a vivir a la gran ciudad, sobretodo si tenemos en cuenta que mi madre tuvo la gentileza de mudarse a un piso a 5 minutos en bici de la Pompeu.
La vida se vive muy diferente en un pueblo de 9.000 habitantes que en una ciudad de… muchos. Por ejemplo, al ir a la ciudad me dejé
perilla. Y ¿esto es muy significativo? No lo sé, pero es lo primero que hice.
Por otro ejemplo, mi vida deportivo-ejercitadora se vio totalmente alterada y se inició un camino que, por curiosidades de la vida, me llevaría a convertirme en un power ranger. Sí, jóvenes padawans, ésta es mi historia. La historia de Senpai Flanagan.
Aunque observando mi cuerpo musculado pueda parecer increíble, de joven no era un chiquillo demasiado deportista. Jugaba al fútbol, como todos los niños heterosexuales, pero no porque me entusiasmara sino más bien por falta de alternativas. Al llegar al instituto descubrí el vóley, y ese mismo verano los del ayuntamiento también lo descubrieron y pusieron pistas y redes en la playa.
Desde entonces mis veranos consistieron en playa y vóley, y durante el resto del año me tenía que seguir conformando con ir haciendo el partidito de fútbol semanal con los colegas. Sí, me hubiera podido enrolar en algún equipo de vóley pista en invierno, pero en Canet no había. Hubiera podido ir al pueblo de al lado, pero esto comportaba coger el tren y después andar hasta el culo del mundo donde estaba el pabellón, y como que no. Además, desde cuando un canetense juega en las filas del Arenys?
De todas maneras yo no estaba hecho para el Vóley federado. Mi técnica no era precisamente refinada, básicamente se trataba de saltar muy alto y meter la mejor castaña posible a la pelota apuntando a la cara del de delante (pero eso era siempre un accidente), y las normas a las que estaba acostumbrado tampoco eran demasiado oficiales.
Nuestro sistema de reglamentación se fundamentaba sobretodo en que quien más discutía y gritaba para defender si la pelota había tocado dentro o fuera tenía razón. El nivel de invasión de campo y de colgada en la red que se aceptaba era proporcional a la dificultad del remate, que no era cuestión de invalidar un punto guapo por pequeños detalles. Y si la pelota tocaba la red, contaba como si hubiera pasado de campo y la podías volver a tocar tres veces. Evidentemente en todas las discusiones por puntos, las opiniones de los de fuera del pueblo contaban menos, sobretodo porque nos decían que no teníamos ni puta idea.
Vaya, que no hubiera durado ni dos días en un equipo de federados (pringados...).
Al empezar la universidad tenía una nueva oportunidad y tenía muy claro que me quería apuntar en el equipo de vóley y al grupo de teatro.
En el Aula de Teatro entré gracias al monólogo de la Hiena de “Antaviana”, que trata sobre un asesino encarcelado que explica porqué le han trincado y que yo, aprovechando mi experiencia, enfoqué desde el punto de vista de un jugador de vóley al que han anulado un punto injustamente.
En el equipo de vóley no me admitieron, por discriminación sexual. Resulta que sólo había equipo femenino y me dijeron que no cumplía los requisitos mínimos. Federados de los cojones… bueno, cojones, cojones no, pero federados.
Con mis opciones de vóley frustradas y mis colegas del fútbol en Canet, aquél fue un curso de gran declive físico y dramatúrgica incipiente. El siguiente verano fue el último que pasé en Canet y en sus pistas de vóley, y al volver a Barna decidí que tenía que hacer algo respecto al invierno de películas en el sofá que se acercaba.
La UPF tiene (o tenía) un convenio con la UB para compensar su falta de instalaciones deportivas, de manera que a los pompeuanos se nos permitía inscribirnos a los programas deportivos de la UB por un módico precio. El único problema es que, si el pabellón de Arenys está en el culo del mundo, las pistas y gimnasios de la UB están mucho después de donde Jesucristo perdió la chancleta y donde sólo se llega si tienes un vehículo con capacidad de hiperespacio y propulsores anti-materia. Y aún así, vale más que lleves un libro para no aburrirte.
De todas formas, me apunté a “musculación” (aka levantar pesas y tal), fui una vez, me miré la sala enorme con máquinas varias, pensé “Ostia, qué aburrido”, me fui y no volví nunca más. De camino a casa aproveché para leer otro par de enciclopedias.
Por aquella época TV2 había empezado un convenio con el Canal Arte y de tanto en tanto hacían domingos temáticos en los que basaban toda la programación del día en un tema en concreto. Y coincidió que, un domingo que yo estaba amortizando el sofá, tocó “Artes Marciales” y me pasé todo el día viendo documentales sobre el tema intercalados con películas de samuráis.
A la hora de comer ya había decidido que quería ser ninja. ¿Por qué pasarte todo el rato levantando pesas cuando puedes aprender a romper ladrillos con el escroto?




The way of the yoya (2 de 5)
The way of the yoya (3 de 5)

The way of the yoya (4 de 5)

The way of the yoya (5 de 5)

domingo, noviembre 25, 2007

Chuck 4 President

No es broma, bueno, un poco sí, pero va enserio. Chuck Norris ha hecho un vídeo diciendo que el candidato republicano a la presidencia de los EEUU es un buen cazador y por lo tanto los tiene bien puestos. El candidato dice que si Chuck lo dice debe ser verdad, porque Chuck es muy fuerte y da unas patadas muy guapas.
Necesito drogas.



El resto de los Chuck Norris Facts aquí.




sábado, noviembre 03, 2007

Deep Blue Gimcana

En tres años las cosas pueden cambiar mucho, como por ejemplo la fachada del club donde yo solía estudiar karate. Donde antes había un cartel que decía "YOYA'S GYM" encontré uno que decía "SE VENDE".
Pensé que una de dos, o bien habían cambiado el nombre del gimnasio con muy poco acierto, o bien efectivamente el local estaba en venta. A juzgar por las persianas bajadas, las luces apagadas y el hecho de que nadie me cogía el teléfono, decidí que Deep Blue es un empanado.
Aquella tarde había llamado a Deep Blue para saludarle, recordar viejos tiempos y que me dijera a qué hora era la clase de karate. La hora me la dijo, pero se olvidó el pequeño detalle de que el gimnasio ya no está en el mismo sitio. De manera que le volví a llamar (rogando a San Saldo para que aún me quedara pasta en el móvil) y le expliqué nuestro pequeño malentendido. Bueno, malentendido en el sentido de que si no lo dice no le puedo entender. Él, muy sabiamente, me dijo que después de hablar conmigo ya había pensado que posiblemente tendría problemas para llegar al gimnasio. Joder, suerte que es licenciado en derecho.
Con un control mental y tranquilidad de espíritu dignos de la tradición milenaria de Budo, le pedí la nueva dirección del dojo. Y entonces me dijo que lo teníamos jodido, porque él sabe ir pero no se ha fijado nunca en el nombre de la calle, pero que me podía dar el teléfono. Llamé y me respondió Sensei, le dije hola y como bienvenida me soltó un "Hostia, ¿qué pasa cabrón!?. Habían cambiado de sitio, pero la gente seguía igual.
Supuestamente llegué al gimnasio 20 minutos después del inicio de la clase, pero resulta que Deep Blue tampoco había acertado en el horario y llegué justo a tiempo de cambiarme y entrenar.
La verdad, prefería el antiguo gimnasio. El nuevo está en un local más grande, pero también está más lejos de la parada de metro y, teniendo en cuenta que el antiguo ya estaba en el culo del mundo (aka Badalona), cinco minutos más de andar tocan bastante la pera. Además el dojo está en un pozo y la verdad es que estoy muy a favor de la recuperación y restauración de refugios antiaéreos de la guerra, pero no para practicar artes marciales.
Por lo que respecta a las clases... pues mis antiguos compañeros se burlan un poco de mí -que la confianza da asco- pero es que con la mitad de mis capacidades físico-mentales dedicadas a intentar mantener una respiración más o menos normal y la otra mitad dedicada a intentar que mis colegas no me arranquen la cabeza, pues no me queda margen para mucho más. Dentro de un par de meses ya se lo explicaré.




lunes, octubre 29, 2007

Mama, lávame el kimono, kiaiii!!

No habrá churris en la playa, ni malotes con disfraces cutres, ni mi maestro me regalará ningún pañuelo molongui (ni hablará con dislexia), pero hoy voy al dojo... después de tres años. El reto no es ir, el reto es volver a casa sin arrastrarme con la lengua fuera.